EDUCACION INTERCULTURAL EN LAS COMUNIDADES DEL DISTRITO DE TINTA

 Las demandas a la educación por parte de los pueblos indígenas, pero también en gran medida de las poblaciones afrodescendientes, fundamentalmente aquellas provenientes de las experiencias de cimarrones, palenqueros o de las quilombolas, se encuentran enmarcadas en otras más amplias y se vinculan con luchas políticas que ya tienen su historia. El territorio indígena, por ejemplo, constituye el marco desde donde se enuncian los reclamos hacia el Estado, pues representa la base material en la que se insertan sus propias cosmovisiones acerca del espacio geográfico, social y simbólico, pero además es la condición de la continuidad histórico-cultural como pueblos. Tal es así, que la territorialidad es lo sustantivo de las identidades culturales indígenas, con base en la especial e intransferible relación integral que construyeron ancestralmente con un territorio concreto. Una educación de acuerdo con las características e intereses de los pueblos debe tener la flexibilidad para insertarse en esa relación, y debe ser una herramienta para reconocer, mantener y desarrollar la lengua, la cultura y la territorialidad de cada pueblo. Además, los derechos al territorio de ocupación y uso tradicional (OIT, 1989) contradicen los modelos hegemónicos de desarrollo y, según los propios indígenas, para los Estados ellos constituyen un “lastre” para el desarrollo occidental representando un “atraso” para dicho modelo. Destacan, además, que en vez de ser considerados sujetos de derecho son considerados como “sujetos de atención”, en un sentido de tutelaje y de ejercicio de cierto paternalismo (SITEAL, 2011). En este sentido, la educación significaría un acto civilizatorio, no una educación pensada y diseñada desde y para la diversidad (OREALC/UNESCO, 2017b). Como sostiene Juan de Dios Simón, los indígenas no tienen lugar dentro de este marco de desarrollo, lo que provoca constantes exclusiones de diversos campos (SITEAL, 2011).

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